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Presentación del oráculo de los pallares Mochica

Publicado: 2012-04-09

“¿Alguna vez, un acontecimiento, una palabra o una persona le han precipitado a la conciencia del infinito? ¿Ha sentido su esencia individual encadenada religiosamente al destino de la humanidad? ¿Ha escuchado el llamado de la trascendencia?

La reaparición en el tercer milenio del oráculo de los pallares de la fascinante Civilización Mochica, anclada en la costa norte del Perú entre los años 200 d.C. y 800 d.C., me volcó a esas vivencias sublimes.

Trastocó mi noción intelectual del pasado, presente y futuro, llevándome a vivir el tiempo desde la magnitud de la eternidad. Me ubicó más allá y más acá del Universo y el espacio-tiempo me donó la visión de su devenir elástico, de escuchar su voz dialogante y de navegar por su alcance ilimitado. Me convertí en Fitomántica.”

El Pallar

El pallar es un cereal originario de los andes centrales, que apareció en estas tierras entre los años 6500 – 6000 a.C., su nombre científico es Phaseolus lunatus. Fue relevante en la cultura Mochica y en la actualidad los pallares blancos forman parte de la dieta alimenticia de los peruanos.

La variante mágica del pallar es blanquinegra y no es aconsejable comerlos, pues la porción de color negro contiene alta concentración del ácido cianhídrico de propiedad tóxica.

El Antiguo Oráculo

Entre los mochicas, fueron los pallares blanquinegros los distinguidos con el don divino. El arqueólogo Rafael Larco Hoyle fue el primero en advertir su importancia. A partir de su representación en la iconografía mochica, estructuró la hipótesis de que podía tratarse de una especie de escritura. La disposición de sus puntos y manchas lo llevó a pensar que se trataba de signos ideográficos portadores de mensajes.

Otros estudiosos al verificar que las manchas y puntos eran naturales, catalogaron las escenas representadas como juegos adivinatorios y propiciatorios vinculados a rituales de fertilidad. De acuerdo a esta versión, a través del juego con los pallares se vaticinaba la cantidad y calidad de la cosecha, y si el pronóstico resultaba negativo se jugaba animadamente para ayudar a la maduración y multiplicación de los frutos. Los gobernantes les consultaban sobre posibles calamidades climáticas para tomar las medidas preventivas y para obtener la anuencia divina en sus decisiones políticas.

Escritura u Oráculo

Quizá sea un falso dilema, me explico. En el diccionario de lengua mochica de Brunning, no existe la palabra adivinación, oráculo, juego adivinatorio, tampoco otras recopilaciones traen palabras moche relacionadas con adivinación u oráculo. En cambio, si existen las palabras hablar y oír: múlyek y num.

Quizá para los y las iniciadas mochica conocer la voluntad de los espíritus de la naturaleza estaba conceptualizado como diálogo. Un diálogo que establece una comunicación, una negociación, un intercambio de conocimientos y de deseos.

De allí innecesario un término como adivinación, entendido como descifrar enigmas o predecir el futuro. Porque ese diálogo descubría como cualquier otro el conocimiento de su interlocutor. El concepto de adivinación, procede de una historia cultural que perdió o abandonó su tradición de comunicarse con los espíritus de la naturaleza.

Es posible que la casta de iniciados-as moche, en un momento de su historia hayan aplicado signos incisos sobre la cara de los pallares, como una manera de “transcribir” ese diálogo y comunicarlo a los no iniciados o para transportarlo a quienes no participaban directamente de él.

En este sentido, las hipótesis que apuntan a la versión de escritura o de oráculo se unirían en una tercera que las abarca.

¿Por qué los pallares?

Desde una interpretación mágica, el color negro y el blanco que componen cromáticamente al pallar simbolizan la dualidad y oposición de los elementos del universo. El color blanco está asociado al día, a la luz, el verano, la altura, lo seco, lo cálido, lo masculino, y el negro a la noche, la oscuridad, el invierno, lo bajo o de abajo, lo húmedo, el frío y lo femenino. El pallar mochica resume en sí mismo, la perfecta dualidad de la contradicción que da origen y curso a la vida. Esta simbología es reforzada por la forma fetal del pallar.

1700 años después

Sin sospechar que determinaría la vuelta de tuerca de mi destino o de mi encuentro con él, acepté la evaluación del legado artístico dejado por Elena de Izcue. Ella fue una notable artista peruana de la primera mitad del siglo veinte, olvidada por completo en la segunda. La colección se conservaba en la casa de su sobrina Beba de Izcue. Cuando vi la copiosa producción me impresioné, más aún cuando me percaté de su sofisticado arte decorativo.

Papelería, muebles, vajilla, lámparas, libros, pero sobre todo las telas estampadas con iconografía prehispánica eran de una belleza primorosa. Me parecía un sueño tener a mi disposición esa preciosa obra.

Nora la otra sobrina de la artista, quien me contactó, me entregó la correspondencia personal de Elena, por la cual comprobé que en su momento su obra fue reconocida a nivel mundial.

Con gran curiosidad ingresé en los secretos privados contenidos en las páginas amarillentas de las cartas escritas décadas atrás. La correspondencia procedía de los líderes internacionales del mundo intelectual, político, financiero, diplomático, etc.

En consonancia con esas amistades, Elena de Izcue era frecuentemente mencionada en los diarios peruanos y en las revistas del extranjero. No me explicaba cómo alguien tan reconocida en un período de su vida pasara tan inadvertida al final de su existencia.

Entre la correspondencia hallé un fajo de cartas remitidas por Rafael Larco Hoyle. En una de esas le comentaba con efusiva alegría del descubrimiento de un pallar arqueológico que comprobaba su discutida tesis sobre la existencia de escritura entre los mochica.

Sentí un remezón interno al leer esas líneas, el corazón se me agitó como si hubiera recibido una noticia chocante. Jamás había escuchado ni leído nada sobre pallares arqueológicos. Sin embargo, la teoría de Larco me entusiasmó, pues siempre había pensado que la compleja iconografía plasmada en el arte peruano contenía códigos de comunicación, pero mi reacción emocional fue desmesurada. El porqué lo sabría más adelante, mientras tanto los pallares mochica se convirtieron en una afición personal.

Conforme profundizaba mis estudios, me convencía de que los enigmáticos diseños con los que aparecían marcados los pallares pintados en los ceramios, eran códigos herméticos.

En paralelo a mi creciente interés en los pallares, fui transitando por un proceso personal espiritual, que en el año 1999 me llevó a aceptar mi condición “paranormal” como parte de mi identidad. Fue así que en el invierno de ese año, una conversación clave con la pintora Mónica Luza, quien preparaba una exposición sobre los pallares prehispánicos, me dio el impulso para iniciarme en su “lectura”.

Para despertar mi clarividencia de manera organizada empecé por la práctica de la cartomancia con las barajas españolas, que fueron las que usaba mi abuela materna e incorporé un puñado de pallares.

Como creía que los diseños pintados en los pallares correspondían a un código secreto, similar a la modalidad de los quipus incas, conocido sólo por sus diseñadores, ensayé diversos métodos para acceder a su conocimiento.

Había transcurrido un año en ese afán, hasta la mañana del 10 de agosto del 2000, en que insistía infructuosamente en salir de un atasco literario – escribía mi novela Chaska- cuando de pronto mis dedos comenzaron a deslizarse fluidamente por las teclas de la computadora, construyendo una historia inverosímil entre el Señor de Sipán y el personaje inspirado en Susana Meneses de Alva .

Llena de alegría por el logro, salí corriendo a una reunión con unos colegas con quienes diseñábamos un museo de sitio. El contento que llevaba encima me animó a confesar, por primera vez en un medio académico, mi afición por el oráculo de los pallares mochica y mi investigación para hallar el código con que los pintaban.

Uno de mis colegas me replicó, afirmando que los pallares nacían naturalmente con sus manchas y puntos sin la intervención de la mano humana. Ese día, después de cruzar la ciudad mi colega puso en mis manos los pallares blanquinegros, germinados de un pallar arqueológico encontrado en el Complejo Arqueológico El Brujo, enterrado 1700 años atrás.

De belleza única y luminosidad natural, en cuanto cayeron entre mis dedos hablaron:

Tu mano agitará

los códigos guardados

tras tiempos herméticos.

Tus dedos hábiles

descorrerán senderos sin mapa.

Tus ojos

avizorarán horizontes ignotos.

Ese será el prodigio

de tu existencia.

De la alegría pasé al estado de felicidad, agradecida porque los pallares sagrados me eligieran para despertar de su sueño milenario.

Siguiendo el mandato divino introduje los pallares mochicas en mi juego, todavía, principalmente cartomántico. La “lectura” se redefinió por completo; los pallares mochicas ocuparon la centralidad del espacio mágico y del vaticinio.

Pasado y presente, azar y albedrío tejían una malla flexible, que el deseo o la voluntad organizada podían estirar, doblar, arquear. La predicción dejaba de ser una certeza inamovible del futuro para convertirse en la probabilidad construida en el presente. Descubrí así, que el oráculo de los pallares mochicas era propiciatorio de futuros deseables.

La probabilidad deseable se construye a partir de un diagnóstico del presente, realizado con los pallares blancos pintados de colores simbólicos. En esta primera parte descifro los nudos, desafíos, ventajas y desventajas claves del consultante, iluminando o modificando el enfoque que él tiene de su problemática, así como la manera de resolverla.

Luego, los Pallares Mochica extienden el presente vibracionalmente modificado en la dimensión de tiempo, que viene a ser el vaticinio del futuro deseable. El consultante se retira con la convicción y confianza en el nuevo curso de acontecimientos augurados por el oráculo, porque desde el inicio estimula su voluntad organizada para asumir una actitud proactiva en la definición de su futuro. El cumplimiento del futuro deseable, dependerá de su decisión de seguir las orientaciones donadas durante la consulta.

Lo escrito hasta aquí responde a una pregunta que frecuentemente me formulan sobre cómo aprendí a leer los pallares mochica, en las líneas que siguen, compartiré mas bien, mi reflexión sobre porque y para que me fue reservado este don.

En el antiguo Perú, las plantas fueron el nexo con el saber y la voluntad divina. Ofrendar, jugar, curar, vestirse, cobijarse y alimentarse con ellas, fueron actividades sagradas, pues cada uno de esos actos los religaba con su origen divino: la Naturaleza deificada.

Esta aproximación litúrgica a la naturaleza, de correspondencia, reciprocidad y complementariedad, permitió la comprensión profunda de sus leyes, y su aplicación en el manejo de los fenómenos meteorológicos, de la luminosidad y calor solar, del magnetismo terrestre, de los flujos de las fases de la Luna, de la energía de las aguas, del potencial alquímico del ser humano y de la elasticidad del tiempo. Conocimientos que les permitió desarrollar tecnologías y sistemas de producción originales, holísticos y sustentables, con los que construyeron sus portentosas civilizaciones en armonía con su hábitat.

Hoy en día en el tercer milenio, la humanidad se sobrecoge de pavor ante la amenaza destructiva que se cierne sobre el planeta. La causa: según unos, el desarrollo industrial-tecnológico causante del calentamiento global, los cambios climáticos y sus consecuentes desastres naturales. Según otros, estas alteraciones son originadas por nuevas y poderosas armas geofísicas dirigidas con propósitos político-militares.

Un tercer argumento, explica que se trataría de ciclos planetarios, de recambios astrales que ocurren en el universo cada 12 mil de años y que habrían sido profetizadas por los maya.

Al margen de aceptar la tesis del fin del mundo, lo real es que el equilibrio de la naturaleza ha sido roto por el hombre, pero siendo la Tierra más antigua que la humanidad sabrá sobrevivir al embate, en cambio, los seres vivos tal como nos conocemos ahora no resistiremos. Es preciso restablecer el equilibrio: El equilibrio de la naturaleza, el equilibrio de los seres humanos con la naturaleza y el equilibrio entre los seres humanos. Tres partes de un todo intrínsecamente articulado, unido.

El oráculo de los Pallares Mochica fue la herramienta sagrada, que permitió a los antiguos habitantes de la costa norteña consultar con sus dioses y manejar el curso de los acontecimientos en el tiempo. El oráculo recobrado en el año 2000 conserva la misma lógica, proyectando en los consultantes una conciencia más allá de lo evidente en el tiempo y en el espacio, favoreciendo un enfoque positivo y proactivo del futuro.

¿Será posible que el prodigio que opera en una persona, pueda proyectarse a nivel colectivo cambiando no solo la vida individual sino la Historia?

¿Será que el Oráculo de los Pallares Sagrados nacido en las costas andinas del Perú, ha retornado para sumarse a la misión de aliviar la incertidumbre de millones de personas en el mundo y devolverles la certeza de la vida con una acción guiada por el propio espíritu de la Naturaleza?

Sí. Digo sí, porque he aprendido tras once años de consultas que aquello que ocurre en el micro espacio-tiempo de la adivinación, ocurre potencialmente en el universo entero. Digo sí, porque he aprendido que ese es el mágico instante de eternidad en que todo es posible, como por ejemplo, llenar de futuro el presente de la humanidad.


Escrito por

Maritza Villavicencio

Maritza Villavicencio Historiadora y Fitomántica. Recuperé el Oráculo de los Pallares Mochica. Ejerzo la adivinación. En mi blog reflexiono sobre las prácticas mágicas ancestrales del Perú.


Publicado en

Oranek

Maritza Villavicencio Historiadora y Fitomántica. Recuperé el Oráculo de los Pallares Mochica. Ejerzo la adivinación.